Tus brazos, como raíces de sombra,
clavados en la noche del madero,
son dos arroyos de quieta lumbre
que vierten eternidad de duelo.
La llaga de tu costado abierto
es un pozo de luna y de silencio,
donde bebe mi sed, desesperada,
el vino dulce de tu amor eterno.
No es sangre lo que mana, es luz herida,
es un ocaso fijo en la arboleda
del cuerpo; y en la cumbre de la frente
cada espina es un astro sin respuesta.
Y aunque la muerte ponga en ti su signo,
yo sé que en tu calvario de dolores,
tú eres la savia clara de la vida
subiendo por los troncos interiores.

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