lunes, 7 de diciembre de 2020

Diciembre 2020: LA INMACULADA CONCEPCIÓN, PATRONA DE ESPAÑA


Un año más, España – tierra de María como la definió el Papa San Juan Pablo II – y la Infantería española celebran el 8 de diciembre (fecha en que se supone fue concebida la Virgen) a su patrona, la Inmaculada Concepción, cuyo dogma fue proclamado hace 165 años – en 1854- por el beato Pío IX, en su Bula Ineffabilis Deus.



La Bula decía así: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”.


El dogma de la Inmaculada Concepción no se refiere a la concepción de Jesús, que naturalmente también fue concebido sin pecado, sino a que la Virgen fue concebida desde el vientre de su madre Santa Ana sin pecado original, es decir, María es la “llena de gracia” desde su concepción. La concepción es el momento en el que Dios crea el alma y la infunde en el cuerpo procedente de los padres, por tanto, es el momento en que realmente comienza la vida humana.



Así lo argumenta el Papa Pío XII, en 1953, conmemorando el centenario de la definición del dogma, en su Encíclica “Fulgens corona”: “Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya – al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera – la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción”.


Aunque la proclamación del dogma de fe de la Inmaculada Concepción pueda parecer algo tardía, en realidad, en España se venía defendiendo desde hacía siglos. Ya en tiempos de nuestro Rey Felipe IV -coetáneo del sevillano Murillo, uno de los artistas que mejor supo representar a la Virgen- y a instancias de las autoridades de Sevilla, pidió al Papa la proclamación del dogma de la Inmaculada. No tuvo éxito, pero sí consiguió al menos que el Papa expidiera un decreto, en 1.622, en el que la Iglesia reconocía la tesis de que María había sido concebida sin pecado original.


Y aún antes tuvo lugar un hecho conocido como el milagro de Empel, que motivó el que la Infantería española tomara a la Inmaculada Concepción como su patrona. Corría el año de 1.585 y España con sus tercios defendía la fe católica frente a los herejes y su soberanía en Flandes, en una sangría humana y de recursos que se prolongaba en el tiempo. El 7 de diciembre de aquel año, el Tercio del Maestre de Campo Francisco Arias de Bobadilla, conde de Puñonrostro, se medía contra una escuadra holandesa en la isla de Bommel, en los Países Bajos. El enemigo rompió los diques, quedando todo el campo anegado, excepto el pequeño montículo de Empel, donde las tropas españolas se hicieron fuertes, frente a unas fuerzas que les superaban en número. Cubiertos de barro, se dispusieron a cavar trincheras, momento en que uno de los soldados encontró enterrada una tabla, con la imagen de María Inmaculada. Los infantes lo interpretaron como una señal del Cielo y se encomendaron a la Virgen. En la noche del 7 al 8 de diciembre, en una zona en donde el termómetro no suele bajar de los 2 grados bajo cero, esa noche calló a los 20 bajo cero, quedando en pocas horas las aguas del río Mosa que circundaban el reducto español congeladas, con un espesor de hielo de 12 metros. De esta forma, la escuadra holandesa quedó atrapada en el hielo, momento que las tropas españolas aprovecharon para hacer una salida, obteniendo una victoria tan rotunda que el almirante enemigo Hohelohe-Neuenstein no pudo sino admitir que “tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro”.


Entre las innumerables pruebas de la singular devoción que en España se ha tenido siempre por la Inmaculada Concepción, cabe resaltar el que el claustro de la Universidad de Valencia, ya en 1.530, prestara el juramento inmaculista, siendo secundada en seguida por el resto de universidades españolas (la primera Universidad en defender la tradición de la Inmaculada fue la de París, en 1.496, justo en el claustro en el que Dusn Scoto defendió mucho antes esta doctrina).


Además, la más alta condecoración española, la Orden de Carlos III, luce en su banda el color azul, y la imagen de la Inmaculada adorna sus condecoraciones. Española es también la fundación de las Concepcionistas franciscanas, entre las que se cuentan la madre Maróa Jesus de Ágreda y Sor Patrocinio.


Toda esa larguísima tradición mariana es lo que impulsó al beato Papa Pío IX, quien proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, a colocar el monumento a la Inmaculada en la plaza de España, en Roma, cuando todavía era soberano de los Estados Pontificios, antes de su anexión por los garibaldinos durante la unificación italiana. Precisamente la Plaza de España se llama así, porque en ella se encuentra el Palazzo di Spagna, sede desde 1.647 de la embajada de España ante la Santa Sede y ante la Soberana Orden de Malta; así como de las Obras Pías de los Establecimientos Españoles en Italia, de las que es gobernador el embajador español.


Jesús Caraballo


PUBLICADO EN: ESPAÑA EN LA HISTORIA

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