Nada auguraba que su papel en la historia sería decisivo. Cuando falleció octogenario, Asturias era un Reino sólido, indoblegable a la dominación sarracena, embrión de lo que llegaría a ser la España reconquistada.
Por ISABEL SAN SEBASTIÁN, 29/04/2018.
Alfonso II de Asturias vino al mundo en Oviedo, alrededor del año 760, destinado a gobernar un pequeño feudo montañoso acorralado por el arrollador avance musulmán. Su madre, Munia, era una jovencísima cautiva vascona capturada en el transcurso de una operación de castigo. Su padre, Fruela, un príncipe feroz, despiadado y fratricida, que murió asesinado en su propia corte cuando su hijo era todavía un niño. Nada auguraba al joven heredero al trono que su papel en la historia resultaría decisivo. Sufrió múltiples traiciones e intentos de derrocamiento. Combatió sin descanso a lo largo de toda su vida. Cargó el peso de la corona durante más de medio siglo, en una época de turbulencia en la que sobrevivir a la enfermedad y la guerra constituía un milagro cotidiano. Cuando falleció octogenario, en el año 842, Asturias era un Reino sólido, indoblegable a la dominación sarracena, embrión de lo que llegaría a ser la España reconquistada.


