La doctrina del Purgatorio se fundamenta en la infinita santidad de Dios y en su deseo de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Como afirma el Libro del Apocalipsis, "nada manchado entrará" en la Jerusalén celestial (Ap 21, 27)¹. Por lo tanto, las almas de los justos que, al morir, se hallan en estado de gracia y amistad con Dios, pero que no están perfectamente purificadas de las consecuencias del pecado, deben pasar por una purificación final antes de ser admitidas a la visión beatífica². Esta purificación, completamente distinta del castigo eterno del Infierno, es lo que la Iglesia llama Purgatorio: un estado temporal de purificación para alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo³.
