La solución final de este tríptico resultó de una riqueza extraordinaria, y fue catalogado como una de las grandes obras de la orfebrería española del siglo XX.
FRANCISCO JOSÉ ROZADA
Como es bien sabido, el próximo 8 de septiembre se celebrará el primer centenario de la coronación canónica de la imagen de la Virgen de Covadonga. Con joyas y donativos aportados por todos los asturianos, la corona fue realizada en 1918 en el taller madrileño de orfebrería del sacerdote de Pola de Lena, don Félix Granda Buylla. Está realizada con 551 gramos de oro y 232 de platino, 32 perlas, 983 rubíes, 2.572 zafiros, 2.046 “rosas de Francia” (corindones rosas) y 1.109 brillantes, con esmaltes azules. El modelo elegido fue el de corona real nimbada por aureola y representación del Espíritu Santo para la imagen de la Virgen, mientras la del Niño está inspirada en las coronas imperiales carolingias (con 115 gramos de oro, 85 g. de platino, 52 brillantes, 72 zafiros, 759 “rosas de Francia” y 25 perlas). En su origen la corona se mostraba a los fieles sobre la cabeza de la bella imagen sedente que había tallado el escultor valenciano José Capuz Manzano. Con la plata, pedrería, perlas y joyas sobrantes y no empleadas en la elaboración de estas dos coronas, se decidió crear el conocido como “Tríptico de Covadonga”, un gran expositor para dichas coronas y una arqueta para guardar las joyas sobrantes, con la finalidad de que el peregrino que llegase a estas montañas las encontrase formando un conjunto, no separadas y descontextualizadas.
