Tiene casi ochenta años y no puede evitar, dándose una escapada de su recorrido habitual, pasarse por el almacén de alguna hermandad esperando ver la salida figurada de aquella en los ensayos. Lo he visto más de una vez, con su cuerpo enjuto y delicado; con unas oscuras gafas de pasta, de cristales gruesos, que se me antojan de otros tiempos; y en alguna ocasión, por aquello de compartir momentos y porque la soledad le hacía méritos, me había comentado, entre esperas, sobre su pasado costalero.
