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viernes, 6 de febrero de 2026

Opinión: Una católica en apoyo de Fray Jesús Sanz


Es desalentador escuchar cierto discurso demagógico contra las palabras del Arzobispo de Oviedo, cualquier intervención suya se convierte en ataques hacia lo que dice o hacia su persona, pero somos muchos los que pensamos como él. Ahora ha tocado el tema migratorio, y a ciertas personas no les ha gustado la opinión de Fray Jesús Sanz.  En relación al tema migratorio aún no he recibido una explicación convincente, de aquellos que atacan a nuestro Arzobispo, sobre por qué quienes emigran desde países de mayoría musulmana no eligen prioritariamente destinos con afinidades culturales y religiosas. Además, con frecuencia, se etiqueta como "fascista" o "nazi" a cualquiera que disienta de ciertas posturas ideológicas, lo que resulta irónico cuando simultáneamente se acusa a muchos españoles de xenofobia. Se omite, en cambio, cuestionar a los gobiernos de origen cuyas políticas pueden impulsar la migración forzada de sus ciudadanos. Además, quienes condicionan el debate tachando de entrada a los discrepantes, suelen olvidar revisar la historia de regímenes como el "estalinista", "socialista" y sus derivados, por ejemplo, cuyas prácticas represivas distan poco de aquello que dicen combatir.


Desde el respeto al Estado de Derecho, considero que la deportación es una medida adecuada para los inmigrantes que cometan delitos de gravedad, por lo que abogo por leyes a la medida de esto. Además, la inmigración debe canalizarse a través de los procedimientos legales, pues normalizar la entrada irregular socava los fundamentos del sistema.


La verdadera justicia para el emigrante no comienza en la frontera, sino en su lugar de origen. La auténtica solución al fenómeno migratorio forzado no radica únicamente en regular la acogida, sino en erradicar las causas que obligan a las personas a abandonar su patria. La Iglesia proclama que cada persona tiene un derecho fundamental a "encontrar en su propia patria las condiciones necesarias para su desarrollo personal, familiar y social" (Papa Francisco, Fratelli Tutti, 129). Por tanto, la justicia más profunda exige crear condiciones de paz, buen gobierno, justicia social y desarrollo humano integral en todos los países, de modo que la emigración sea una opción libre y no una necesidad desesperada. Un orden internacional justo, que corrija las desigualdades estructurales y promueva el bien común universal, es el marco indispensable para que los pueblos puedan florecer en su propia tierra, conservando su cultura, sus raíces y su tejido social.


Desde una visión católica, en dónde se enfatiza la dignidad de la persona y el bien común, se debe defender el "derecho a no emigrar". Este derecho surge del principio de que la patria es un don y un ámbito natural para el desarrollo de la vocación personal y comunitaria. La justicia verdadera consiste, por lo tanto, en que las naciones y la comunidad internacional garanticen a todos los pueblos las condiciones para una vida digna: trabajo justamente remunerado, acceso a la educación y la salud, seguridad ante la violencia y la persecución, y participación en la vida pública. Cuando estas condiciones faltan debido a la injusticia, la corrupción, los conflictos o modelos económicos excluyentes, se viola un derecho fundamental. Así, la caridad y la justicia cristianas nos impulsan a trabajar no solo por acoger al forastero, sino, de modo más radical, por construir un mundo donde nadie se vea forzado a convertirse en forastero, pudiendo cada persona y familia realizarse plenamente dentro de su propia cultura y comunidad nacional.


Ana Luengo Árias


Fotografía: Web - Oviedo inicio del Camino


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