Antonio Burgos
Luz antigua. De reverbero de farol de gas. De quinqués en los salones que dan a estos cierros. De candiles de aceite en las cocinas que se asoman a estos ocultos patinillos de verdina. De pronto, en la calle Miguel del Cid se hace el silencio. ¿En qué tiempo estás? ¿En qué hora? En el tiempo de siempre. A la hora exacta del corazón de la memoria y de la memoria del corazón. Avanza la vieja y dorada cruz de guía, la de los instrumentos de martirio de la Pasión, la que tú conoces tan bien de tantas madrugadas, la de la luz de aquel farol que aún te alumbra. Vienen los hermanos. Viejas medallas con el cordón morado. Las medallas que tantas madrugadas ocultó un antifaz por la calle Francos, por la plaza del Salvador, por Cuna en el parón de los Gitanos, cuando la noche había echado a freír en el perol de los puestos de calentitos la nazarena pescadilla que se mordía la cola por donde La Veneciana sacaba sus mejores espejos para que se reflejara el verdadero rostro moreno de Cristo.
Viene la hermandad. Los señores de la hermandad del Señor. Las señoras del Señor, con su medalla al pecho, colgada de una planchadísima y ancha cinta morada. La Sevilla señorial del viejo dicho, la de los hidalgos que ocultaban su ruina tras una ejecutoria guardada en estas salas de la planta baja, tan húmedas, con su zócalo de azulejos y su estrado isabelino: «De La Magdalena a San Vicente, se come solamente».
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| El Señor de Sevilla (Fuente: María Visión) |
Viene la hermandad. Los señores de la hermandad del Señor. Las señoras del Señor, con su medalla al pecho, colgada de una planchadísima y ancha cinta morada. La Sevilla señorial del viejo dicho, la de los hidalgos que ocultaban su ruina tras una ejecutoria guardada en estas salas de la planta baja, tan húmedas, con su zócalo de azulejos y su estrado isabelino: «De La Magdalena a San Vicente, se come solamente».
